viernes, febrero 24, 2012

TU REMERA.

Llegué a las Islas, con una mezcla de coraje y pavor peleando en mis venas. Ninguno de los que volvió, fue el mismo. La guerra marca la carne y el alma. En esa yerra, se gestaron hermandades, cobijadas por el amor a la Patria, y el recuerdo de la familia que esperaba nuestro regreso. Se apilaron en mis pupilas, historias de bravura y heroísmo, que regresan cada noche. Las trincheras tienen una forma muy particular de parir hermanos. En esas hermandades se apoyó mi vida, cuando volví para convertirme en un fantasma, al que la memoria desvencijada de una sociedad que miraba para un costado, despreciaba. Vagué años arrastrando recuerdos y repitiendo escenas en mis sueños. Me pregunté cada día, si hubiera podido hacer algo más. Me lo pregunto hoy. Y repaso caras y nombres en mi mente, porque me parece que recordarlos, es como mantenerlos un poquito vivos. Me esfuerzo para que no se escape de mi cabeza, por momentos, aturdida, el tono de voz, o el brillo en la mirada, de mis hermanos que nunca volvieron. No quiero olvidar la gracia que me causó un sapucai del correntino, que celebraba el regreso de un compañero. Para él, era una forma natural de manifestar la alegría. A mí me sorprendió. Él se quedó a custodiar nuestras Islas. A mí, me tocó volver. Y te juro, changuita, que después de treinta años, su sapucai me despierta algunas noches. Y me estremece, más que el recuerdo del frío, el miedo, las balas silbando, el olor de la sangre y los ojos abiertos, pero sin vida. Pasaron tres décadas, a fuerza de acumular días y noches, de recuerdos y lágrimas. Muchas veces, sentí el afecto del Pueblo que defendimos, y me gratificó. Pero hoy, te vi. Usabas un aire despreocupado, que huele a adolescencia, una sonrisa que desperdiga juventud, y sentí nostalgias de esos días. Pero también usabas una remera, con la estampa de una bandera, que sangraba sin que lo notaras. Sangraba con la sangre de mis hermanos. Con la de tus compatriotas. Esa bandera, que lucías por moda, me hizo sangrar por dentro, rompió alguna de esas venas que irrigan el alma, y los médicos no saben zurcir si se rompen. Volvió todo el frío, toda la neblina, todo el miedo. El de las Islas, el de la desmalvinización, el de la muerte saltando sobre nuestras espaldas, llevando la bandera pirata por único atavío. Pensé en lo vano que sería tanta muerte, si aún ellos ocupan nuestra Patria, y empezaron a ocupar nuestras cabezas. Pensé en la madre del correntino, arrodillada frente a una tumba sin nombre, enredando un Rosario en esa cruz, tan blanca, tan sola, tan lejana. Y pensé en sus brazos de mamá, sin cuerpo que abrazar. Volví a pensar en vos, en tu sonrisa, tu juventud, y en tu remera. Estuve a punto de pararte, para decirte todo esto, pero no pude. Las lágrimas, no me hubieran permitido hablar. Natalia Jaureguizahar Serra.

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